POR MEXICO: QUE SE VIVA EN LA SEGURIDAD, LA UNION, LA JUSTICIA Y LA PAZ.
De la Carta Pastoral del Episcopado Mexicano “Del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos”.
66. Vivimos como Nación una situación de cambio profundo y complejo en todos los aspectos de la vida social y en todos los rincones del país, que da origen a una nueva cultura y a un nuevo estilo de vida.
67. Se trata de un profundo anhelo de millones de mexicanos deseosos de crecer al interior de una cultura de la vida que fortalezca instituciones democráticas y participativas, fundadas en el reconocimiento de los derechos humanos y en los valores culturales y trascendentes de nuestro pueblo.
Cultura e instituciones construidas con la participación solidaria de todos, que sean salvaguardadas por las organizaciones representativas y subsidiarias llamadas a crear las condiciones reales que permitan una vida digna para todos. Esto supone una educación integral basada en el respeto a la persona humana y a la cultura, que incremente la responsabilidad y participación ciudadanas.
68. Haciendo una lectura serena de nuestra historia, creemos que nos encontramos en el tiempo oportuno para reconocer y asumir que la Nación está integrada por algunas realidades que en ocasiones se han contrapuesto o ignorado.
Estas realidades requieren de una integración adecuada que consolide la justicia y la paz social y nos permita responder a los desafíos del nuevo milenio.
El Papa Juan Pablo II las señaló con precisión durante su cuarta visita pastoral:
“Llego a un país cuya historia recorren, como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos, y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad”.

69. Para superar la permanente tentación de la confrontación y la violencia, que nos ha marcado en algunos momentos de nuestra historia, y para abrir caminos nuevos en los que todos podamos participar para construir el futuro de la Nación, es necesario crear espacios de encuentro, de diálogo y de reflexión en los que, partiendo de la realidad e identidad de nuestra Nación, debemos revisar qué es lo que nos une como mexicanos, cuáles son nuestros referentes comunes y donde están los principales problemas que nos han contrapuesto, de manera que podamos encontrar los caminos para crecer en un clima de reconciliación, de justicia y de paz.
70. Esta revisión, como lo expresamos anteriormente, podrá ayudarnos a:
“Conseguir los consensos que nos permitan la unidad en los grandes criterios iluminadores que nos lleven a alcanzar el país que queremos para todos, poner los cimientos sólidos que nos lleven a conseguir la unidad dentro de la legítima diversidad”.
71. “¿Podría la Iglesia ser marginada en este momento histórico, como lo ha sido tradicionalmente en nuestro país? Más aún, ¿Podría la Iglesia automarginarse y permanecer pasiva como simple espectador que ve pasar desde la ventana el desfile de los acontecimientos que hoy están construyendo la historia?
Consideramos que nos toca ofrecer nuestra aportación desde la misión que nos es propia, es decir, desde el anuncio evangelizador, que asume la verdad de Dios, que es amor y la verdad del hombre, llamado al amor y a la plenitud de la vida”.
72. Creemos que llegó la hora en que esos tres ríos, “a veces ocultos y siempre caudalosos” de ricas realidades que nos constituyen, puedan confluir libremente hacia un gran océano, en el que, creciendo en nuestras propias riquezas particulares a nivel personal y comunitario, podamos compartir, sin odios ni violencias, una humanidad y un destino común, aportando complementariamente cada uno lo suyo.
Importancia de la memoria histórica.
74. A los católicos mexicanos nos ha hecho falta cultivar y esclarecer la memoria histórica de nuestra fe. Sabemos muy bien que si ella se debilita la identidad y el sentido del presente y del futuro de todo pueblo.
75. Es necesario reflexionar y comprender mejor el significado de estos quinientos años de evangelización.
77. Nuestra historia como Nación no es ya solamente una historia modelada por héroes valerosos, sino también por santos y beatos, mártires y confesores: niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, clérigos, consagradas, consagrados y fieles laicos que, amando a Jesucristo y a su Iglesia, amaron también a México.
5 de junio de 2011
Del Santo Evangelio según san Mateo (28,16-20)
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu, Santo; y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado. Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

Comentario:
Esta promesa del Señor de permanecer con nosotros “hasta el fin del mundo” se cumple en la Eucaristía, resucitado,
Él sigue hablándonos, tan cercano a nosotros, desde la Eucaristía, pidiéndonos lo mismo que a los once, dentro de lo que nos corresponde como sacerdocio común y ordenado; “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones..., enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado...”
Para cumplir todo esto que nos ha mandado con todo poder, porque es Dios, Él se queda con nosotros en nuestro tiempo, para sostenernos, con su propia vida, Vida de Dios. Nos alimenta de Sí mismo, nos sostiene por Sí mismo, nos guía Él mismo.
En nuestro trabajo de evangelización, es decir de darlo a conocer a Él, no estamos solos. De hecho Él es quien sigue anunciando el reino de Dios; nosotros le acompañamos y le prestamos nuestros pies, nuesta boca, nuestra mente, para darse a conocer. Incluso le prestamos nuestro cuerpo para cansarse, igual que hace dos mil años en Israel.
No estamos solos. Él sigue con nosotros. Vayamos a Él; nos espera Sacramentado.
19 de Junio de 2011
Del Santo Evangelio según San Juan (3, 16-18)
«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios».
La presencia del Señor en la Eucaristía es la presencia del Hijo que nos envió el Padre. Y fue envíado para salvarnos y no perezcamos muertos por el pecado,
Padeció, murió en la cruz y resucitó para quedarse con nosotros, aún regresando al Padre.
Creer en el Hijo enviado por el Padre, para que no nos condenemos, es creer en el Señor de la Eucaristía. Si no creemos en Él, ya estamos condenados a la perdición y la muerte, porque sólo Él puede salvarnos.
Y es el Señor Espíritu Santo, quien nos enseña tal maravilla divina. Por eso es a quien debemos suplicarle que nos de la sabiduría necesaria para darnos cuenta del portento de Dios en la Eucaristía y así obtener la salvación prometida, traída y entregada por el Hijo desde la cruz y por su resurrección.
Debemos agradecer al Padre, y suplicar al Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento para darnos cuenta de la presencia del Hijo en el Santísimo Sacramento, la Eucaristía.
Así nos daremos cuenta de que Dios no nos ha abandonado, que está cecano a nosotros, que podemos tocarlo y participar de su Vida, y que podemos acercarnos a Él para conversar como hace dos mil años sus discípulos de aquel tiempo lo hicieron y lo hacemos ahora sus nuevos discípulos.
¡Bendito sea el Señor en la Eucaristía